8 de enero de 2010

Medio kilo de papel manchado

Mística. Sobre esto estuve a punto de escribir el otro día; debido a varias influencias (a ver, un poco de autopsicoanálisis:) Estoy terminando de releer The Stand, de S.King, pero ahora en inglés. Allí se habla largo y tendido, por boca de los personajes, entre otros un sociólogo ateo tardíamente llevado a dudar de la inexistencia de Dios (una especie de parangón del memorable Settembrini de La Montaña Mágica), acerca de lo espiritual, lo humano, lo divino, lo místico. ¿Pero que entendemos por místico? Eso, una sensación. Yo fui ateo de niño y de joven, un ateísmo un tanto soberbio, a pesar de haber ido durante cuatro años a catecismo, un catecismo un tanto laico, debo admitir. Primaban las galletitas, los juegos en el patio del Domingo Savio y las excursiones a la Isla 42 por sobre las enseñanzas bíblicas, Biblia que de todas maneras yo había leído y releído reiteradas veces aún a mis diez u once años. Un ateísmo de disputa encarnizada en la adolescencia; de dogmatismo positivista y procientífico. Un ateísmo de siglo XIX se podría decir. Después, enfriado un poco el hierro al rojo de la juventud, devine en un agnosticismo un poco más complaciente y me dediqué a mirar con una sonrisa benevolente, cuando no un tanto socarrona, las creencias espirituales del prójimo; pero también la fe ciega en la ciencia y las virtudes del ser humano librado a su suerte. Incursioné intelectualmente en la moral alla Bertrand Russell mientras en mi vida privada me dediqué lo mejor que pude a ser un perfecto amoral hijo de puta; intuyo que el aire de los '90 no dejó de influir en mi. No lo hizo sin embargo en materia política, pero eso será tema de otro post. Ante la pregunta declaraba y explicaba la imposibilidad (e inutilidad) de debatir sobre la existencia o escencia de Dios. Al pedo casi siempre, aunque el debate tiene esa cualidad monologante de permitir moldear y concretar lo que muchas veces aparece en nuestra mente como nebulosos ideales. Eso es porque no se había inventado internet y los Blogs; ahora la etapa del debate es innecesaria y uno puede dedicarse a pensar por escrito con solo mover un poco los dedos, y las virtudes de la tecla delete nos eximen de bochornosas contradicciones y retractaciones. Pero al final he vuelto, como en tantos otros aspectos, al ateísmo de mis años mozos, pero un ateísmo calladito y un tanto amargo. Lo que en un momento fue fe en la Humanidad y el Progreso ahora es apenas una esperanza, esperanza realista que se sabe no concretada pero que guarda en si misma una virtud intrínseca y se hace por ello loable de resguardar. Y en todas estas idas y vueltas, nunca, jamás, participé de la mística en el sentido tradicional, cristiano, religioso. Supongo que esta parrafada fue mi manera de decir que para mi la mística siempre estuvo relacionada con la soledad, la miopía, el amor, alguna droga, el sexo y la permanencia a la enorme, desolada y abrumadora intemperie. Pero cuando estaba decidido a escribir sobre esto, decía, influído por el libro, por algunas fotos de un viaje, por una relación sexual, incluso por qué no decirlo por la muerte de Sandro y todo lo dicho al respecto, escucho hoy una lectura de Caparrós sobre éste mismo asunto (la muerte de Sandro), lectura que transitaba otros carriles y que no se por qué ocultos resortes me llevó al lugar común de que sobre cualquier idea, concepto, tragedia, sentimiento, virtud o miseria del Ser Humano, ya Todo Se Ha Escrito, y por tipos mucho mejor preparados que Yo, más Grandes, más Inteligentes, más Lindos, más Viejos y en definitiva, Mejores. También en esa lectura (o en su refutación por parte del señor de Radio Cooperativa, no podría decirlo) se utilizaba o se acusaba a alguien de utilizar un reduccionismo, un decir que el fútbol son veintidós pelotudos corriendo atrás de la pelotita, un, en fin, "El Quijote es medio kilo de papel manchado con tinta", otro lugar común aterrador y como tantos otros de los esquemas repetitivos que pueblan mi mente, una especie de surco en el cual la púa del gramófono de mi conciencia cae repetidamente, haciendo sonar dentro de mi cabeza dale que dale siempre la misma musiquita. En esas condiciones, por supuesto, es casi imposible pensar; se recurre al vaso de whisky extra large con dos hielos para acallar esas machacantes y repetidas voces durante un rato y poder dormir, se posterga toda actividad intelectual de fuste, se huye de las responsabilidades laborales, en fin, se continúa viviendo como si nada y uno evita escribir, quizás un poco por despecho, sobre temas tan remanidos y egoístas, que al fin y al cabo no interesan a nadie, a esta altura del partido ni siquiera a mi.

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