20 de noviembre de 2009

Miedito (del 2006)

No es el miedo una sensación que me resulte muy conocida. No por valiente sino más bien por desinteresado. Las veces que tuve miedo fue más bien un miedo "físico". Recuerdo de joven -¡esa frase es de viejo!- con los amigos, cruzando El Río (va con mayúsculas, porque aunque es el río Negro, para los roquenses es El Río). Era tarde, cerca de las nueve. El sol acababa de caer tras la alameda. Estábamos del otro lado y habíamos pasado todo el día corriendo y nadando por ahí. Eramos como Tom Sawyer pero más pelotudos. A la vuelta nos agarramos de un tronco al cual atamos las remeras y las zapatillas y nos largamos a cruzar, fácil 100 metros de intempestiva corriente. El tronco, viejo y esponjado, comenzó a chupar agua y hundirse. Ya cerca lo largamos (en la maniobra perdí una Topper) e hicimos el sprint final hasta la costa, traicionera costa que parecía pasar rauda y que pese a su aparente cercanía no me ofrecía un fondo amigo donde hacer pie. Cada brazada era un último esfuerzo. Ya no podía más y me dije, "má si, hasta acá llegué" - casi podía tocar los yuyos de la orilla con la mano - y me largué. ¡Tonga! Pasé como plomo hasta el fondo y tragué dos litros de agua. Desesperado, salí a flote como pude y TUVE MIEDO. Hasta acá llegamos, me ahogo. Pero después hice la plancha un rato y al final pude llegar.
Otra vez, ya más grande, podría argüirse que más pelotudo incluso, en plena sierra cordobesa, abandoné la seguridad del llano, la pipa y el barrilete por culpa de la pendiente que, al otro lado del río Panaholma, me miraba desafiante. Intrépido y arrojado me lancé a la conquista, vadeando el río, subiendo por las piedras primero, por un camino de cabras después, trepando con uñas y dientes por entre los yuyos y las enramadas. Los motes burgueses, riñonera, celular, cámara de fotos, colgando de mi ya no tan esbelta humanidad, no me facilitaban la cosa. El engaño de la perspectiva hizo que lo que parecía un "fácil descenso hacia la izquierda" se conviertiera en hora y media de errar entre cornisas y desfiladeros, no era el Aconcagua pero 30 metros de caída libre, que no parecen mucho hasta que pensás que son 10 pisos, son suficientes para hacerte recontramierda igual. En un momento logré cruzar la cañada haciendo como en las películas, una pata contra cada pared de piedra, ya a ésta altura (valga el doble sentido) estaba todo arañado, transpirado, cagado de sed (llevar cantimplora es de puto, la verdadera cabra montez encara masticando maníes salados). Tanto esfuerzo para encontrarme que del otro lado la pendiente de piedra era infranqueable, las zapatillas apenas me sostenían sobre una cornisa inclinada casi a 45 grados, y allá abajo la nada, tenía un CAGAZO PADRE. No me animaba a cruzar para volver, no podía seguir, no sabía que mierda hacer, fantaseaba con llamadas telefónicas y rescates en helicópteros, el REY de los pusilánimes boludos. Al final, pude bajar haciendo culopatín por la piedra, acumulando aún más espinas y moretones.
Luego todo pasó, y el miedo es anécdota.
Pero existe otra clase de miedo, el miedo que no pude sentir porque era muy chico en el '76, el que si sentí cuando fue lo del Beagle con Chile y veía pasar los trenes cargados de pertrechos militares y tanquetas y hacíamos ejercicios de oscurecimiento y pasaban los aviones en vuelo rasante en la oscuridad, el que sentí cuando reeligieron a Mennneeemmmm y cuando volaron la AMIA y la embajada.
Y un poquito de miedito me da ahora por ejemplo escucharlo a Asis en la tele, ver que Blumberg sigue y sigue, mirar que millones de vacas teledirigidas van a San Cayetano, saber que la guerra de hoy es igual que la de hace tres mil años, y que el Hombre nunca aprende, que dos guerras mundiales y la bomba atómica y decenas, centenas de millones de muertos no sólo no nos enseñan nada sino que para algunos son motivo de orgullo, y que el fanatismo existe y está a la vuelta de mi casa. Eso y algunas cosas más, si te parás a pensar, quizás como a mi te den un poquito de miedito.

2 comentarios:

  1. Me pasó algo similar en mi luna de miel, dijeron en la excursion "los que quieren ir a la costa pueden subirse a los gomones o ir nadando desde el barco"

    Obvio me tiré al agua y obvio a la mitad del camino nadando crawl me quede sin aire. Por suerte en medio del cagazo recordé que en mis clases de natación, entre largo y lago, "descansaba" nadando pecho.Por tanto, nadé pecho despacito y sin esforzarme unos minutos y me di cuenta que la corriente era mi amiga y me llevaba a la costa, asi que no pasó de un leve susto.

    El último párrafo, de acuerdo en todo, sobre todo en que nada cambia. Aunque no sé si me da miedo, nomás cansancio y bronca al pensarlo.

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  2. Esto lo repostié a raíz de una de las cartas abiertas de Orlando Barone, http://orlandobarone.blogspot.com/2009/11/el-exito-del-miedo.html. Lo escribí por allá por el 2006. El mundo era otro y sin embargo el mismo.

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