16 de febrero de 2009
4 de febrero de 2009
El primo del amigo de un tío de la vecina
Como esas personas que no sabemos bien cómo catalogar, asi hay historias que pasan de mano en mano y de boca en boca, adquiriendo en el camino condimentos (y seguramente perdiendo elementos). Esta verdad ha llevado a algunos a afirmar que "ya está todo inventado", de donde extraen la extraña conclusión de que entonces no vale la pena intentar inventar nada nuevo. Nada saben éstas gentes, parece ser, del placer de la relectura, ni del arte del contador de cuentos, ni del acopio (¿invención?) de anécdotas. Es más, siguiendo esa misma lógica, podría decirse que al ping pong ya se ha jugado antes, por lo tanto para qué jugar, que amar alguien ya ha amado, luego, de que vale amar, y que otras vidas ya han sido vividas, así que para qué vivir.
En fin, me estoy yendo por las ramas. A lo que iba es que el cuento que resucito hoy, fue escrito por mí como versión libre del argumento de una película que me narró mi viejo. La película posiblemente fuera italiana: qui lo sá. ¿Esto es plagio? ¿Es reinterpretación? ¿El Rey León es Hamlet? ¿Hamlet no fue, acaso, también un afano de leyendas anteriores?
Es cierto, no hay nada nuevo bajo el sol. No por eso deja de valer la pena sentir el sol en la cara.
Qué hago acá
Qué hago acá, es lo que se preguntaba, como tantas otras veces se lo había preguntado, sentado en un duro banco de cemento, carcomido, tallado, en una celda del maldito pueblo a donde había llegado la noche anterior. Las paredes de color claro, indefinido, entre un blanco cal sucio y un amarillo hepático enfermizo, tachonadas de obscenidades y crípticos e incomprensibles grafos, todos superpuestos como deben estarlo allá en las entrañas de la tierra las capas de suelo de las distintas eras geológicas, y a su vez ocultando, en su confusión, similares rastros de tiempos idos, de los cuales sólo quedan éstos signos borrosos, indescifrables, Quien será Carlos, por qué estuvo acá, qué hacía él en ésta celda. Qué hago acá, volvió a preguntarse, pero las rejas oscuras y oxidadas no le daban una respuesta. Nunca hubo una respuesta a esa pregunta, que más que pregunta era una manifestación retórica de perplejidad, quizás fuera el único rastro perceptible de la voz de su consciencia, si alguien como él pudiera decirse que tuviera consciencia. Entreverado entre las piernas de la mujer de un amigo, a punto de llegar al instante culminante de la relación que metódica y mecánicamente venía consumando, después de haberla planificado durante largo tiempo con arte y con maña, y cuando debería estar pensando en lo que estaba haciendo, o en nada, cuando sus sentidos deberían estar contraídos al rigor de la acción inmediata, la pregunta lo había distraído, podría decirse que con suerte, una especie de dilatoria artimaña que lo entretuvo un rato, no tanto el tiempo que le llevó preguntarse Qué hago acá, si no más bien el lapso que hizo rodar la idea en su cabeza, como quien juega con una pastilla en la boca postergando el momento de ceder a la tentación de morderla; lo que lo entretuvo más que la pregunta en sí misma, a la cual no le dio respuesta, como siempre o como nunca, mejor dicho, fue el hecho de que se le presentara en ese preciso momento, todo esto igual decíamos que con suerte, como cabalmente puede atestiguar la mujer del susodicho amigo que pudo disfrutar no una si no dos veces ese tiempo extra añadido al regular ir y venir de las caderas de él. También otra vez, mientras salía del Banco con un paquete conteniendo una abultada pila de esos papeles que damos en llamar dinero, prosaicos representantes de una convención por la cual asignamos a cierta abstracción sustentada se supone que en el oro, aunque dudo que esta explicación renacentista del verdadero ser del papel moneda siga vigente hoy, ya no son papeles respaldados por metálico, son símbolos apoyados en la fe que todos tenemos en su valor, y es esa fe lo que les da justamente ese valor, vaya paradoja; pero él, saliendo del Banco no se hacía semejante planteo podríamos decir ontológico, no: lo que pensaba es Que hago acá, como sorprendido más que por la inmoralidad de la estafa que había cometido, por la facilidad de llevarla a cabo, como si el rol que hubiera estado desempeñando fuera más de actor que como de hecho era, de guionista y director. Y tantas otras veces, que ahora no vale la pena enumerar, que para ejemplo bastan dos casos y además como veremos, cuando salga de esa celda en la que se encuentra ahora y comparezca ante una suerte de improvisado tribunal, conformado no por abogados ni jueces ni fiscales si no por la población en pleno del pueblo, será confrontado con éstos dos casos y con otros muchos más, situaciones algunas de las que había perdido incluso la memoria, aunque convenientemente refrescadas por el decir de uno u otro poblador, no tuvo más remedio que admitir, Si, yo lo hice, Si, efectivamente ese fui yo, aunque todo el tiempo poseído por esa perenne e incómoda sensación de que el protagonista de todos y cada uno de esos desaguisados, no había sido él, como si el toda su vida se hubiera mirado a si mismo desde afuera. Aunque la noche anterior, cuando llegó al pueblo a última hora de la tarde y se acodó en la barra del bar que no sólo era el único que estaba abierto si no que era el único existente, parecía en cambio más que dispuesto no sólo a admitir esas tropelías, incluso a ufanarse de ellas, quizás en virtud de las sucesivas ginebras que se fue echando al coleto o quizás por las excelentes dotes sonsacatorias del gallego tras la barra y de los parroquianos que se fueron juntando a su alrededor, quienes dándole charla y festejándole las anécdotas le sirvieron de público perfecto para que él demuestre su amplio repertorio de lo que podíamos llamar la auténtica viveza criolla. La improbable secuencia de acontecimientos que, amparadas en la modorra del alcohol y la sombra de la noche, dio con sus huesos en aquella celda donde comenzara éste relato, y que ahora ya avanzado el otro día, lo ponía en situación decíamos de ser juzgado, por éstos que ahora lo miraban terribles, todos sentados a su alrededor en la galería del colegio, y él con las piernas demasiado encogidas, en una silla que evidentemente estaba pensada para un niño y que en su pequeñez y ridiculez lo ponía aún más en una situación de inferioridad, es quizás demasiado retorcida y banal para relatarla minuto a minuto. También los testimonios que se fueron sucediendo serían muy extensos para caber, pormenorizados, en éste sucinto manifiesto que estamos elaborando aquí. En cambio resalta en toda su rareza, como una piedra oscura en una playa de arena blanca, el hecho de que al parecer todos y cada uno de los damnificados por el accionar de toda su vida parecieran estar, si bien no de cuerpo presente, pues algunos habían fallecido, si al menos representados en éste pueblo perdido y lejano, dejado de la mano de dios. Si me preguntan a mi debo admitir que no tengo ninguna explicación para éste hecho, y él tampoco se lo preguntaba. Se limitó durante todo el día a escuchar y a asentir, y a preguntarse cada tanto, de nuevo, Que hago acá, como si esa letanía, por reiterada y conocida, le diera a su mente un asidero con ésta realidad que se le escapaba entre los dedos. Por fin, la situación cambió, y el lento transcurrir de segundos pareció tomar impulso y acelerarse, cuando quien decía ser el intendente, un viejito de mirada simpática y benevolente, pero a la vez severa, se levantó y dijo, Hemos terminado con la presentación de pruebas y alegatos, ¿tiene el acusado algo que decir en su descargo? Él levantó la vista, separándola penosamente de la rendija entre dos baldosas, una de ellas ocre y la otra amarilla, que lo había fascinado durante los últimos diez minutos, y abrió la boca, pero sólo pudo articular, Que hago acá, Acá, le dijo el viejito, ahora mucho más severo que benevolente, estás siendo juzgado, y el juicio acaba de terminar. Sólo resta dictar sentencia, lo cual en vista de los sucesos presentados no será difícil. La directora de la escuela, sentada un poco más atrás, se levantó, y con su pelo recogido en un casto rodete y sus horribles anteojos de marco grueso, aflautó la voz para decir, La sentencia es, condenado a Muerte. Ni por un instante se le ocurrió a él protestar por lo absurdo e increíble de la situación, ni decirles, quienes son ustedes, cómo se creen con derecho a juzgarme. Muy por el contrario su comportamiento, cómo tantas otras veces, ya lo dijimos, se le antojaba extraño, externo, pero a la vez inevitable, así que cuando todos mansamente salieron y caminaron hacia la plaza del pueblo, él hizo lo mismo, no iba ni siquiera esposado, aunque sí rodeado por un numeroso grupo de gente, que aunque lo cercaba estrechamente, se mantenía a distancia prudencial. Como caminaba con la cabeza gacha no llegó a ver la horca hasta que prácticamente se tropezó con ella, una tosca estructura de madera que uno asocia inmediatamente con los westerns o las películas de piratas. Sin que mediara una palabra, supo lo que se esperaba de él, y caminó por detrás, subió los escasos peldaños, allí arriba lo esperaba el cantinero, el gallego, haciendo su papel de verdugo, aunque a diferencia del estereotipo no llevaba la cabeza cubierta si no que lo miraba tranquilo, se podría decir que indiferente. Hubo un silencio, un aumento en la tensión en el aire, que se cargó de expectativa, mientras le pasaban la soga al cuello, paseó su mirada por la población, que se iba convirtiendo en meras siluetas mientras la última luz del día moría, estuvo a punto, a punto de decir Perdón, pero sin saber por qué, no lo hizo. Así que el viejito cuyo gesto ya de severo había pasado redondamente a grave, bajó apenas la cabeza y el gallego accionó la palanca, el suelo de madera se abrió bajo sus pies y cayó, apenas cincuenta centímetros y la soga no llegó ni siquiera a tensarse, y de repente todos estallaron en carcajadas, y él al fin cayó en la cuenta de lo ridículo que se veía ahí, parado bajo esa hamaca, era una hamaca al final no una horca, es raro todo, y la gente se reía y se reía. Cómo alucinado notó la soga, que pendía floja, sobre su hombro, y el gallego que lo miraba y se reía y se enjugaba las lágrimas de risa. Ofuscado, se fue para el hotel donde había dejado las cosas, casi sin mirar alrededor, sintiéndose levemente estafado, bastante estúpido, un poco ridículo y sumamente enojado. No podía siquiera recordar a que mierda había venido al pueblo. Juntó sus escasos petates, pagó en recepción, donde un todavía risueño dependiente lo miró levemente divertido, con una de esas sonrisas que no está en los labios si no en los ojos, agarró el auto y salió por fin de ahí, a la monotonía rectilínea de la ruta. Y acá es donde las cosas se ponen verdaderamente enigmáticas, y si no tuvimos o no quisimos dar una explicación para ciertos hechos narrados antes, mucho menos lo habremos de hacer ahora, cuando el auto, lanzado a ciento cuarenta kilómetros por hora, se desvía de la calzada, avanza unas decenas de metros a los saltos por la banquina y por fin se dirige casi recto hacia uno de los enormes árboles que bordean la ruta. Quizás se trate de una falla que el encargado del garage del hotel, que todavía se está riendo, u otro cualquiera de los habitantes del pueblo que si los viéramos ahora, parecen seguir con sus vidas normales aunque con cierto tono zumbón, como si el eco de la broma o la jugarreta o la satisfacción de la justicia consumada aún les rodara por el interior, decía una falla que cualquiera de ellos podría haber causado en el vehículo, tan sensibles son éstas complejas máquinas modernas. Quizás fuese que él se quedó adormilado, que sus ojos se entrecerraron por unos segundos y su mano derecha levemente más pesada que la izquierda desvió el volante hacia ese lado, no sería la primera vez que pasa, basta leer cualquier diario cualquier día para ver a cuanta gente le pasa algo similar. O quizás fuese otra cosa, la realidad es así de compleja y no está en nuestra mano poder explicarla y a veces ni siquiera describirla. Pero eso no importa. A último momento él se ve, siempre como un espectador de su propia vida, ve la luz del coche iluminar fugazmente los pastizales, adivina allá adelante el tronco sobre el cual se estrellará dentro de una décima de segundo, siente la textura del volante, el olor rancio del interior viciado del auto por última vez, y por última vez, ahora si, se pregunta, Qué hago acá.
En fin, me estoy yendo por las ramas. A lo que iba es que el cuento que resucito hoy, fue escrito por mí como versión libre del argumento de una película que me narró mi viejo. La película posiblemente fuera italiana: qui lo sá. ¿Esto es plagio? ¿Es reinterpretación? ¿El Rey León es Hamlet? ¿Hamlet no fue, acaso, también un afano de leyendas anteriores?
Es cierto, no hay nada nuevo bajo el sol. No por eso deja de valer la pena sentir el sol en la cara.
Qué hago acá
Qué hago acá, es lo que se preguntaba, como tantas otras veces se lo había preguntado, sentado en un duro banco de cemento, carcomido, tallado, en una celda del maldito pueblo a donde había llegado la noche anterior. Las paredes de color claro, indefinido, entre un blanco cal sucio y un amarillo hepático enfermizo, tachonadas de obscenidades y crípticos e incomprensibles grafos, todos superpuestos como deben estarlo allá en las entrañas de la tierra las capas de suelo de las distintas eras geológicas, y a su vez ocultando, en su confusión, similares rastros de tiempos idos, de los cuales sólo quedan éstos signos borrosos, indescifrables, Quien será Carlos, por qué estuvo acá, qué hacía él en ésta celda. Qué hago acá, volvió a preguntarse, pero las rejas oscuras y oxidadas no le daban una respuesta. Nunca hubo una respuesta a esa pregunta, que más que pregunta era una manifestación retórica de perplejidad, quizás fuera el único rastro perceptible de la voz de su consciencia, si alguien como él pudiera decirse que tuviera consciencia. Entreverado entre las piernas de la mujer de un amigo, a punto de llegar al instante culminante de la relación que metódica y mecánicamente venía consumando, después de haberla planificado durante largo tiempo con arte y con maña, y cuando debería estar pensando en lo que estaba haciendo, o en nada, cuando sus sentidos deberían estar contraídos al rigor de la acción inmediata, la pregunta lo había distraído, podría decirse que con suerte, una especie de dilatoria artimaña que lo entretuvo un rato, no tanto el tiempo que le llevó preguntarse Qué hago acá, si no más bien el lapso que hizo rodar la idea en su cabeza, como quien juega con una pastilla en la boca postergando el momento de ceder a la tentación de morderla; lo que lo entretuvo más que la pregunta en sí misma, a la cual no le dio respuesta, como siempre o como nunca, mejor dicho, fue el hecho de que se le presentara en ese preciso momento, todo esto igual decíamos que con suerte, como cabalmente puede atestiguar la mujer del susodicho amigo que pudo disfrutar no una si no dos veces ese tiempo extra añadido al regular ir y venir de las caderas de él. También otra vez, mientras salía del Banco con un paquete conteniendo una abultada pila de esos papeles que damos en llamar dinero, prosaicos representantes de una convención por la cual asignamos a cierta abstracción sustentada se supone que en el oro, aunque dudo que esta explicación renacentista del verdadero ser del papel moneda siga vigente hoy, ya no son papeles respaldados por metálico, son símbolos apoyados en la fe que todos tenemos en su valor, y es esa fe lo que les da justamente ese valor, vaya paradoja; pero él, saliendo del Banco no se hacía semejante planteo podríamos decir ontológico, no: lo que pensaba es Que hago acá, como sorprendido más que por la inmoralidad de la estafa que había cometido, por la facilidad de llevarla a cabo, como si el rol que hubiera estado desempeñando fuera más de actor que como de hecho era, de guionista y director. Y tantas otras veces, que ahora no vale la pena enumerar, que para ejemplo bastan dos casos y además como veremos, cuando salga de esa celda en la que se encuentra ahora y comparezca ante una suerte de improvisado tribunal, conformado no por abogados ni jueces ni fiscales si no por la población en pleno del pueblo, será confrontado con éstos dos casos y con otros muchos más, situaciones algunas de las que había perdido incluso la memoria, aunque convenientemente refrescadas por el decir de uno u otro poblador, no tuvo más remedio que admitir, Si, yo lo hice, Si, efectivamente ese fui yo, aunque todo el tiempo poseído por esa perenne e incómoda sensación de que el protagonista de todos y cada uno de esos desaguisados, no había sido él, como si el toda su vida se hubiera mirado a si mismo desde afuera. Aunque la noche anterior, cuando llegó al pueblo a última hora de la tarde y se acodó en la barra del bar que no sólo era el único que estaba abierto si no que era el único existente, parecía en cambio más que dispuesto no sólo a admitir esas tropelías, incluso a ufanarse de ellas, quizás en virtud de las sucesivas ginebras que se fue echando al coleto o quizás por las excelentes dotes sonsacatorias del gallego tras la barra y de los parroquianos que se fueron juntando a su alrededor, quienes dándole charla y festejándole las anécdotas le sirvieron de público perfecto para que él demuestre su amplio repertorio de lo que podíamos llamar la auténtica viveza criolla. La improbable secuencia de acontecimientos que, amparadas en la modorra del alcohol y la sombra de la noche, dio con sus huesos en aquella celda donde comenzara éste relato, y que ahora ya avanzado el otro día, lo ponía en situación decíamos de ser juzgado, por éstos que ahora lo miraban terribles, todos sentados a su alrededor en la galería del colegio, y él con las piernas demasiado encogidas, en una silla que evidentemente estaba pensada para un niño y que en su pequeñez y ridiculez lo ponía aún más en una situación de inferioridad, es quizás demasiado retorcida y banal para relatarla minuto a minuto. También los testimonios que se fueron sucediendo serían muy extensos para caber, pormenorizados, en éste sucinto manifiesto que estamos elaborando aquí. En cambio resalta en toda su rareza, como una piedra oscura en una playa de arena blanca, el hecho de que al parecer todos y cada uno de los damnificados por el accionar de toda su vida parecieran estar, si bien no de cuerpo presente, pues algunos habían fallecido, si al menos representados en éste pueblo perdido y lejano, dejado de la mano de dios. Si me preguntan a mi debo admitir que no tengo ninguna explicación para éste hecho, y él tampoco se lo preguntaba. Se limitó durante todo el día a escuchar y a asentir, y a preguntarse cada tanto, de nuevo, Que hago acá, como si esa letanía, por reiterada y conocida, le diera a su mente un asidero con ésta realidad que se le escapaba entre los dedos. Por fin, la situación cambió, y el lento transcurrir de segundos pareció tomar impulso y acelerarse, cuando quien decía ser el intendente, un viejito de mirada simpática y benevolente, pero a la vez severa, se levantó y dijo, Hemos terminado con la presentación de pruebas y alegatos, ¿tiene el acusado algo que decir en su descargo? Él levantó la vista, separándola penosamente de la rendija entre dos baldosas, una de ellas ocre y la otra amarilla, que lo había fascinado durante los últimos diez minutos, y abrió la boca, pero sólo pudo articular, Que hago acá, Acá, le dijo el viejito, ahora mucho más severo que benevolente, estás siendo juzgado, y el juicio acaba de terminar. Sólo resta dictar sentencia, lo cual en vista de los sucesos presentados no será difícil. La directora de la escuela, sentada un poco más atrás, se levantó, y con su pelo recogido en un casto rodete y sus horribles anteojos de marco grueso, aflautó la voz para decir, La sentencia es, condenado a Muerte. Ni por un instante se le ocurrió a él protestar por lo absurdo e increíble de la situación, ni decirles, quienes son ustedes, cómo se creen con derecho a juzgarme. Muy por el contrario su comportamiento, cómo tantas otras veces, ya lo dijimos, se le antojaba extraño, externo, pero a la vez inevitable, así que cuando todos mansamente salieron y caminaron hacia la plaza del pueblo, él hizo lo mismo, no iba ni siquiera esposado, aunque sí rodeado por un numeroso grupo de gente, que aunque lo cercaba estrechamente, se mantenía a distancia prudencial. Como caminaba con la cabeza gacha no llegó a ver la horca hasta que prácticamente se tropezó con ella, una tosca estructura de madera que uno asocia inmediatamente con los westerns o las películas de piratas. Sin que mediara una palabra, supo lo que se esperaba de él, y caminó por detrás, subió los escasos peldaños, allí arriba lo esperaba el cantinero, el gallego, haciendo su papel de verdugo, aunque a diferencia del estereotipo no llevaba la cabeza cubierta si no que lo miraba tranquilo, se podría decir que indiferente. Hubo un silencio, un aumento en la tensión en el aire, que se cargó de expectativa, mientras le pasaban la soga al cuello, paseó su mirada por la población, que se iba convirtiendo en meras siluetas mientras la última luz del día moría, estuvo a punto, a punto de decir Perdón, pero sin saber por qué, no lo hizo. Así que el viejito cuyo gesto ya de severo había pasado redondamente a grave, bajó apenas la cabeza y el gallego accionó la palanca, el suelo de madera se abrió bajo sus pies y cayó, apenas cincuenta centímetros y la soga no llegó ni siquiera a tensarse, y de repente todos estallaron en carcajadas, y él al fin cayó en la cuenta de lo ridículo que se veía ahí, parado bajo esa hamaca, era una hamaca al final no una horca, es raro todo, y la gente se reía y se reía. Cómo alucinado notó la soga, que pendía floja, sobre su hombro, y el gallego que lo miraba y se reía y se enjugaba las lágrimas de risa. Ofuscado, se fue para el hotel donde había dejado las cosas, casi sin mirar alrededor, sintiéndose levemente estafado, bastante estúpido, un poco ridículo y sumamente enojado. No podía siquiera recordar a que mierda había venido al pueblo. Juntó sus escasos petates, pagó en recepción, donde un todavía risueño dependiente lo miró levemente divertido, con una de esas sonrisas que no está en los labios si no en los ojos, agarró el auto y salió por fin de ahí, a la monotonía rectilínea de la ruta. Y acá es donde las cosas se ponen verdaderamente enigmáticas, y si no tuvimos o no quisimos dar una explicación para ciertos hechos narrados antes, mucho menos lo habremos de hacer ahora, cuando el auto, lanzado a ciento cuarenta kilómetros por hora, se desvía de la calzada, avanza unas decenas de metros a los saltos por la banquina y por fin se dirige casi recto hacia uno de los enormes árboles que bordean la ruta. Quizás se trate de una falla que el encargado del garage del hotel, que todavía se está riendo, u otro cualquiera de los habitantes del pueblo que si los viéramos ahora, parecen seguir con sus vidas normales aunque con cierto tono zumbón, como si el eco de la broma o la jugarreta o la satisfacción de la justicia consumada aún les rodara por el interior, decía una falla que cualquiera de ellos podría haber causado en el vehículo, tan sensibles son éstas complejas máquinas modernas. Quizás fuese que él se quedó adormilado, que sus ojos se entrecerraron por unos segundos y su mano derecha levemente más pesada que la izquierda desvió el volante hacia ese lado, no sería la primera vez que pasa, basta leer cualquier diario cualquier día para ver a cuanta gente le pasa algo similar. O quizás fuese otra cosa, la realidad es así de compleja y no está en nuestra mano poder explicarla y a veces ni siquiera describirla. Pero eso no importa. A último momento él se ve, siempre como un espectador de su propia vida, ve la luz del coche iluminar fugazmente los pastizales, adivina allá adelante el tronco sobre el cual se estrellará dentro de una décima de segundo, siente la textura del volante, el olor rancio del interior viciado del auto por última vez, y por última vez, ahora si, se pregunta, Qué hago acá.
23 de enero de 2009
Una más y no jodemos más
¿Cuál es el grano de arena que convierte un puñado de granos de arena en un montón de arena? ¿Cómo señalar con el dedo a la gota individual que determina el límite entre unas gotas y un torrente? ¿Cómo saber cual fue el instante exacto en el que ahora dejó de ser ahora para pasar a ser ayer? ¿Cuál es el centavo que marca el límite en el cual empiezo a ser pobre? ¿Qué número representa la cantidad de veces exactas que puedo repetir algo entretenido antes de considerarme harto? ¿Cómo obligo a mi mente a aceptar la idea de que la cantidad de números pares es exactamente igual al total de los números? ¿Cómo puede ser que la parte sea igual al todo, y la otra parte también? ¿Qué hora está grabada en el infinito que marque el fin de mi vida y me enfrente a la nada y al tiempo infinito de la muerte?
6 de enero de 2009
Coherencia
Esto lo escribí hace un año y medio. Ahora lo releo y resulta que estoy de acuerdo conmigo mismo. No se si eso es bueno o es malo. Soy al menos, coherente con mi propia incoherencia que demostré en éstas letras. Evidentemente estaba enojado con alguien, con algo. Resulta que sigo estando. Sigue habiendo ellos y nosotros por todos lados, en todos los órdenes. Bueno, acá está.
¡Viva Perón, carajo!
Resulta que uno al final se hincha un poco las pelotas. No de todo, claro: hay cuestiones privadas, personales, grandiosas, la Vida misma. De eso todavía no. Pero dale que dale, que un titular por acá, un comentario por allá. Maldito tachero Radio 10. Entonces uno busca la puta rebeldía. Busca ir a las reuniones importantes en zapatillas. Busca sostener puntos de vista insostenibles. La manada arrea toda pa'l mismo láu, somos miles y millones los espermatozoides, y el óvulo es uno sólo.
Analicemos un poco, a ver:
Los muchachos peronistas
La juventud... etérea y volátil. Cuando la tenemos la despreciamos, queremos ser grandes. Después nos aferramos con uñas y dientes, pero se va y se va. Ya se que hoy por hoy uno a los 35 es un pibe y bla bla bla: pero 35 no es 25 ni 15. Es en la juventud donde está el fuego Revolucionario. Es ahí donde está el motor del cambio. ¿Cuántos años te pensás que tenía Einstein cuando Revolucionó nuestra comprensión del mundo? ¿Cuántos crees que tenía Radowitzky cuando lo voló al hijo de puta de Falcón?. Dicen que alguien dijo que cada 5 años uno se corre 10 pasos a la derecha. Asi que por las dudas corrámonos todos mucho, mucho para la izquierda, y que el futuro nos agarre más o menos donde deberíamos estar.
todos unidos triunfaremos,
El primer objetivo de "ellos", y ampliamente logrado, por lo visto, es hacer que "nosotros" dejemos de sentirnos "nosotros". ¿Dónde está la conciencia de clase? ¿Dónde Patria mía quedó El Pueblo?. ¿O acaso cómo se creen, todos Ustedes apáticos que "no creen en la política", que fue logrado todo eso que Ustedes disfrutan? Para ser apático hay que tener la pancita llena. Para tener la pancita llena hay que tener un trabajito de ocho horitas más o menos bien pagado. Hay que saber que no te pueden echar a la mierda asi porque si, ni bajarte el sueldo, ni pasarte al puesto de limpiador de baños. Eso es FE carajo! Tu aguinaldo, tus vacaciones, ¿de dónde mierda te crees que salen? Si a vos anónimo te hable, ¿qué creías? ¿que "ellos" te regalan todos esos privilegios de buenos que son? No, querido. Hubo gente que tuvo que pensar "yo soy todos" para eso. No es tan difícil.
y como siempre daremos
Como siempre, de aquí a la Eternidad: pidamos por éstas cuestiones terrenales, que las necesitamos para solventarnos el poder filosofar. Si no, reduzcámonos a animalitos de zoológico, casa y comida no han de faltar. ¿Qué nos diferencia de los animales? Somos Supermonos. Si no fuera por el Ocio, la Risa, el Amor y la Comprensión. Todo lo demás, son Pelotudeces.
un grito de corazón:
Corazón, sangre. Emoción. Calor. Hay que ponerle pilas. Lo peor es la Nada. Dice mi hermano ahora que Braden o Perón, sigue siendo la cuestión. Y es así, loco. No hay "terceras posturas". La temperancia y los términos medios son para tilingos y pusilánimes, y así anda éste ispa en esas manos. Hay que tomar una postura opuesta, en extremo irrazonable, ante ésta realidad que también lo es, para que el hipotético punto de equilibro que algún día alcanzaremos (sigo siendo un optimista, eh?) caiga dentro de lo razonable.
¡Viva Perón! ¡Viva Perón!
¡Y que Viva, carajo! Salgan a la calle y grítenlo fuerte, a ver si alguien reacciona. Qué venga y te discuta. Vos contestale boludeces, provocalo, decíle idiota, tirale agua en la cara. Como en el Club de la Pelea, que buena peli, que buena escena: es difícil sacudir a estos monos, Supermonos. Pero hay que vencer la inercia, para que la rueda gire un poquito más. Y de ser posible que gire para allá: un poquito más para acá, y va a terminar de aplastarnos del todo, como las cagaditas de mosca que somos.
¡Viva Perón, carajo!
Resulta que uno al final se hincha un poco las pelotas. No de todo, claro: hay cuestiones privadas, personales, grandiosas, la Vida misma. De eso todavía no. Pero dale que dale, que un titular por acá, un comentario por allá. Maldito tachero Radio 10. Entonces uno busca la puta rebeldía. Busca ir a las reuniones importantes en zapatillas. Busca sostener puntos de vista insostenibles. La manada arrea toda pa'l mismo láu, somos miles y millones los espermatozoides, y el óvulo es uno sólo.
Analicemos un poco, a ver:
Los muchachos peronistas
La juventud... etérea y volátil. Cuando la tenemos la despreciamos, queremos ser grandes. Después nos aferramos con uñas y dientes, pero se va y se va. Ya se que hoy por hoy uno a los 35 es un pibe y bla bla bla: pero 35 no es 25 ni 15. Es en la juventud donde está el fuego Revolucionario. Es ahí donde está el motor del cambio. ¿Cuántos años te pensás que tenía Einstein cuando Revolucionó nuestra comprensión del mundo? ¿Cuántos crees que tenía Radowitzky cuando lo voló al hijo de puta de Falcón?. Dicen que alguien dijo que cada 5 años uno se corre 10 pasos a la derecha. Asi que por las dudas corrámonos todos mucho, mucho para la izquierda, y que el futuro nos agarre más o menos donde deberíamos estar.
todos unidos triunfaremos,
El primer objetivo de "ellos", y ampliamente logrado, por lo visto, es hacer que "nosotros" dejemos de sentirnos "nosotros". ¿Dónde está la conciencia de clase? ¿Dónde Patria mía quedó El Pueblo?. ¿O acaso cómo se creen, todos Ustedes apáticos que "no creen en la política", que fue logrado todo eso que Ustedes disfrutan? Para ser apático hay que tener la pancita llena. Para tener la pancita llena hay que tener un trabajito de ocho horitas más o menos bien pagado. Hay que saber que no te pueden echar a la mierda asi porque si, ni bajarte el sueldo, ni pasarte al puesto de limpiador de baños. Eso es FE carajo! Tu aguinaldo, tus vacaciones, ¿de dónde mierda te crees que salen? Si a vos anónimo te hable, ¿qué creías? ¿que "ellos" te regalan todos esos privilegios de buenos que son? No, querido. Hubo gente que tuvo que pensar "yo soy todos" para eso. No es tan difícil.
y como siempre daremos
Como siempre, de aquí a la Eternidad: pidamos por éstas cuestiones terrenales, que las necesitamos para solventarnos el poder filosofar. Si no, reduzcámonos a animalitos de zoológico, casa y comida no han de faltar. ¿Qué nos diferencia de los animales? Somos Supermonos. Si no fuera por el Ocio, la Risa, el Amor y la Comprensión. Todo lo demás, son Pelotudeces.
un grito de corazón:
Corazón, sangre. Emoción. Calor. Hay que ponerle pilas. Lo peor es la Nada. Dice mi hermano ahora que Braden o Perón, sigue siendo la cuestión. Y es así, loco. No hay "terceras posturas". La temperancia y los términos medios son para tilingos y pusilánimes, y así anda éste ispa en esas manos. Hay que tomar una postura opuesta, en extremo irrazonable, ante ésta realidad que también lo es, para que el hipotético punto de equilibro que algún día alcanzaremos (sigo siendo un optimista, eh?) caiga dentro de lo razonable.
¡Viva Perón! ¡Viva Perón!
¡Y que Viva, carajo! Salgan a la calle y grítenlo fuerte, a ver si alguien reacciona. Qué venga y te discuta. Vos contestale boludeces, provocalo, decíle idiota, tirale agua en la cara. Como en el Club de la Pelea, que buena peli, que buena escena: es difícil sacudir a estos monos, Supermonos. Pero hay que vencer la inercia, para que la rueda gire un poquito más. Y de ser posible que gire para allá: un poquito más para acá, y va a terminar de aplastarnos del todo, como las cagaditas de mosca que somos.
18 de diciembre de 2008
Pelota Naranja
Nunca me gustó el fútbol. Ni mirarlo ni jugarlo. Mi máxima hazaña deportiva consistió en revolearlo por el aire al gordo Paulella en la histórica final 7mo "A" versus 7mo "B" del '84. Nuestra mediocampo y delantera tenían dominado el match, y mi intervención en el puesto de defensor se limitaba a putear a los del "B" y charlar con Gu que estaba en el arco. Repentinamente, de entre la remota polvareda - es notorio como cuando uno es chico, el mundo parece más grande - se desprende un malón encabezado por el susodicho gordo, que más que gordo era grande, por aquel entonces a mi me parecía que medía 2 metros por 2 metros por 2 metros. Encaró con furia hacia nuestra área, arrastrando tras de si a tres o cuatro de los nuestros. Semejaba un gran danés en una riña de caniches. Coraje nunca me faltó: me hice eco de las sabias palabras de mi abuelo "la pelota pasa, el jugador no", lo encaré al trotecito y cuando lo tuve a tiro le revolié un guadañazo rastrero que produjo el notable, imprevisto, azaroso y doble efecto de dejar la pelota entre mis pies y hacerlo volar al gordo dos metros, arrastrándose luego otro tanto por el arenal que llamábamos campo de juego. Rápidamente recuperado de la sorpresa de estar no sólo con vida si no en posesión del esférico, encaré por el lateral a todo lo que me daban las patas - que era bastante - hacia el área de ellos, mandé un zapatazo con aires de centro hacia la medialuna y continué mi carrera hacia rumbos más lejanos para evitar que el gordo me alcanzara y me matara. Esa fué la última vez que jugué un partido de fútbol.
Habida cuenta entonces de mi escaso interés por el balompié, más notorio es entonces que uno de los juguetes que más añoro de mi infancia, sea una pelota de fútbol, de cuero, color naranja pero cuando digo naranja digo NARANJA RABIOSO. Me la regalaron los Reyes, o Papá Noel, yo tendría entre cuatro y siete años. Como se puede apreciar mis recuerdos son difusos, en parte porque la tuve tan poco tiempo que no logro asociar ningún evento significativo con la posesión de la pelota, y en parte porque el recuerdo de la pelota eclipsa los detalles circundantes. O tal vez es sólo el paso del tiempo, quien sabe.
Tampoco hay una explicación racional. ¿Qué tenía esa pelota de fantástico? Nada. Yo no había pedido una pelota, no me interesaba el fútbol, era (sigo siendo) en general un auténtico patadura, habría con seguridad miles, millones de pelotas mejores, midiendo por cualquier parámetro. Más profesionales, más lindas, más prácticas, más livianas, mejor cosidas, más simétricas. Pero a mi me encantaba mi pelota naranja. Desde el primer momento que la vi, ejerció sobre mi una fascinación sobrenatural. No se convirtió sin embargo en objeto de culto: inmediatamente la puse en juego y me dediqué a patear, torpemente como siempre, pero disfrutando como un poseso.
Poco tiempo después, y tiene que haber sido muy poco realmente porque a esa edad por ejemplo las vacaciones de verano duran lo que aparenta ser un año completo, fuimos con mi familia a un lugar que llamábamos "la higuera". Era un descampado a orillas del río, de bastante difícil acceso y donde como ya se habrá intuído, había una higuera. Por supuesto yo me puse a jugar con la pelota naranja. En un determinado momento, no recuerdo quién, si yo o alguno de mis hermanos, (y esta ausencia de detalles me tortura), la pelota fue a caer al río, lo suficientemente lejos como para no poder alcanzarla con una rama. El río es profundo, correntoso. Además no debía ser verano, porque nadie se metió. No me acuerdo si mi viejo intentó rescatarla. Recuerdo que yo le tiraba piedras, mas allá de donde estaba, con la intención de que las olitas la acercaran a la orilla. Pero ese truco solo funciona en lagos o estanques: en éste caso, la corriente la fue arrastrando, cada vez más rápido, cada vez más lejos. Por un tiempo, aunque la pelota ya estaba perdida y yo ya no tenía la más mínima esperanza de recuperarla, corrí desesperado por la orilla, sin saber que hacer. Luego seguramente, el cansancio, alguna anfractuosidad del terreno o recoveco del río me impidió seguirla. La contemplé largo rato, mientras se alejaba corriente abajo: su color naranja la hacía fácil de distinguir aún a la distancia, resaltando sobre el agua oscura. Después, no la vi más.
Tuve antes que esa, y después seguramente, otras pelotas. Las de goma marrón, alguna de cuero blanco, otras que en su medianía pasaron sin dejar huella. El fútbol nunca me gustó, aunque ahora que lo pienso es probable que mi aversión a éste deporte provenga de éste incidente.
A veces, como anoche, sueño con la pelota naranja. Sin embargo, no logro recordar que era lo que me gustaba de ella, ni la alegría que tuve mientras la tenía.
Sólo la veo flotar, corriente abajo, cada vez mas lejos.
Habida cuenta entonces de mi escaso interés por el balompié, más notorio es entonces que uno de los juguetes que más añoro de mi infancia, sea una pelota de fútbol, de cuero, color naranja pero cuando digo naranja digo NARANJA RABIOSO. Me la regalaron los Reyes, o Papá Noel, yo tendría entre cuatro y siete años. Como se puede apreciar mis recuerdos son difusos, en parte porque la tuve tan poco tiempo que no logro asociar ningún evento significativo con la posesión de la pelota, y en parte porque el recuerdo de la pelota eclipsa los detalles circundantes. O tal vez es sólo el paso del tiempo, quien sabe.
Tampoco hay una explicación racional. ¿Qué tenía esa pelota de fantástico? Nada. Yo no había pedido una pelota, no me interesaba el fútbol, era (sigo siendo) en general un auténtico patadura, habría con seguridad miles, millones de pelotas mejores, midiendo por cualquier parámetro. Más profesionales, más lindas, más prácticas, más livianas, mejor cosidas, más simétricas. Pero a mi me encantaba mi pelota naranja. Desde el primer momento que la vi, ejerció sobre mi una fascinación sobrenatural. No se convirtió sin embargo en objeto de culto: inmediatamente la puse en juego y me dediqué a patear, torpemente como siempre, pero disfrutando como un poseso.
Poco tiempo después, y tiene que haber sido muy poco realmente porque a esa edad por ejemplo las vacaciones de verano duran lo que aparenta ser un año completo, fuimos con mi familia a un lugar que llamábamos "la higuera". Era un descampado a orillas del río, de bastante difícil acceso y donde como ya se habrá intuído, había una higuera. Por supuesto yo me puse a jugar con la pelota naranja. En un determinado momento, no recuerdo quién, si yo o alguno de mis hermanos, (y esta ausencia de detalles me tortura), la pelota fue a caer al río, lo suficientemente lejos como para no poder alcanzarla con una rama. El río es profundo, correntoso. Además no debía ser verano, porque nadie se metió. No me acuerdo si mi viejo intentó rescatarla. Recuerdo que yo le tiraba piedras, mas allá de donde estaba, con la intención de que las olitas la acercaran a la orilla. Pero ese truco solo funciona en lagos o estanques: en éste caso, la corriente la fue arrastrando, cada vez más rápido, cada vez más lejos. Por un tiempo, aunque la pelota ya estaba perdida y yo ya no tenía la más mínima esperanza de recuperarla, corrí desesperado por la orilla, sin saber que hacer. Luego seguramente, el cansancio, alguna anfractuosidad del terreno o recoveco del río me impidió seguirla. La contemplé largo rato, mientras se alejaba corriente abajo: su color naranja la hacía fácil de distinguir aún a la distancia, resaltando sobre el agua oscura. Después, no la vi más.
Tuve antes que esa, y después seguramente, otras pelotas. Las de goma marrón, alguna de cuero blanco, otras que en su medianía pasaron sin dejar huella. El fútbol nunca me gustó, aunque ahora que lo pienso es probable que mi aversión a éste deporte provenga de éste incidente.
A veces, como anoche, sueño con la pelota naranja. Sin embargo, no logro recordar que era lo que me gustaba de ella, ni la alegría que tuve mientras la tenía.
Sólo la veo flotar, corriente abajo, cada vez mas lejos.
4 de diciembre de 2008
Tres en un bar
Carmen se removió nerviosa en su silla. Lo miró a Julián y le dijo, ¿pero vos creés que tardará mucho más?. Ni idea, le contestó el, como quien no quiere la cosa, la mirada sesgada e impertérrita, dirigiéndose hacia afuera por el ventanal. Por la vereda, unos iban y otros venían, aunque en el fondo todos seguían en el mismo lugar. Porque a mi me dijo que a eso de las siete iba a estar por acá, si sale del trabajo seis y media y está acá nomás, insistió ella. Mirá, no te preocupes, debe estar por llegar, le habrá surgido algo, hizo como que la tranquilizaba él. Bueh, se resignó ella, por suerte pasabas vos justo por acá y puedo pasar el rato charlando con alguien. Julián se dio vuelta y la miró, repentinamente ofendido: no, bueno, si es nada más que por eso, si soy un pasatiempo... con un sutil movimiento de caderas, como amagando amagar a pararse. ¡No! se rió ella, con esa risa franca que a Julián tanto le gustaba, disculpá, no quise decir eso. Quizás sea el destino que hoy nos teníamos que encontrar acá, ella lanzó la frase más como un lugar común para esquivar el mal paso que un intento serio de conversar. ¿El Destino?, dijo él, resaltando la mayúscula, no me vas decir que crees en esas cosas. Miralo vos, al señor razonamiento, le retrucó ella, reduciendo el asunto a creer o no creer. Es que hay cuestiones tan evidentes que no necesitan pruebas, contestó él encorvándose sobre el poso de su café, ¿cómo alguien puede creer en el destino? Es decir, según vos, y la miró directo a los ojos, existe cierto plan, cierto guión escrito preexistente, en virtud del cual todos nosotros somos meros actores y nuestra función en la vida es limitarnos a seguir unas huellas que ya venían plantadas de antes?. Finalizó la oración con un dejo inquisitivo, punzante. Ella, cautivada por esos ojos celestes, insondables, replicó: Claro, vos siempre argumentando con ejemplos absurdos. Por supuesto que no creo que exista un diseño superior, un plan concreto creado por Dios o como se llame. Pero no me podés negar que a veces pareciera... dudó antes de continuar: que ciertos hecho a veces parecen predestinados a ocurrir, o que ciertas personas arrastran consigo un sino, una misión, cierto vector que guía sus vidas. En absoluto, dijo él, siempre vehemente, lo niego y lo niego absolutamente. Yo creo que todo ocurre porque... se interrumpió, mirando por encima del hombro de ella, ¿Ves? Te dije que no iba a tardar. Se incorporó y lo llamó a Luis, que oteaba desde la puerta. ¡Hola! saludó el recién llegado, a Julián con un masculino raspar de mejillas y un mutuo chasquido al aire, a ella con un leve beso en los labios. ¿En que andaban? Acá, filosofando, contestó ella, pero Luis miraba inquisitivamente a Julián, que, incómodo, medio como que tuvo que explicar: no, lo que pasa es que justo pasaba por acá a la salida del laburo, y la vi a ella sola mirando para afuera, y bueh! entré a saludar. Es que me dijiste que a las siete estabas... amagó ella, pero Luis la cortó en seco, lo que pasa es que justo recibieron en la oficina un pedido de un presupuesto a último momento, y viste como es en esa empresa de mierda, el único boludo que hace las cosas soy yo, si no, no lo hacía nadie. Se hizo un silencio momentáneo. Julián, distraído, volvía a mirar para afuera. Carmen seguía un poquito enfurruñada, y Luis procuraba infructuosamente atraerse la atención del mozo. Al fin lo logró, emitió la seña universal para pedir un café, y dándose vuelta, les preguntó, de buen talante, ¿y sobre qué filosofaban? Nada, charlábamos, como para pasar el tiempo, lanzó Julián, y Carmen creyó aún percibir en su tono de voz cierta amargura, pero lo desarmó con su sonrisa, es que yo le decía a él que creo que ciertas cosas están regidas por el Destino, no se bien cómo explicarlo, pero... Boludeces, le cortó Luis, ¿cómo vas a decir eso? No existe el Destino, el devenir de nuestras vidas nos lo vamos forjando nosotros, con nuestras acciones y nuestras decisiones... Pará un cachito, lo cortó Julián, me parece que voy a tener que hacer un poco de abogado del diablo, así como antes yo le decía a ella que no creo en el Destino, tampoco me convence demasiado la teoría del libre albedrío que vos postulás. ¿Cómo? Luis lo miró sorprendido, me extraña de vos, un tipo pensante, que digas eso, ¿acaso creés que no tenés libertad de decidir por vos mismo? Relativamente, contemporizó el, con un movimiento pendulante de las manos sobre su regazo. Pensá: las decisiones que cada uno de nosotros cree tomar con entera libertad, están condicionadas por infinidad de factores culturales, sociales, tu estado de ánimo, el entorno... No me vengas con esa perorata de psicobolche, lo cortó Luis, pero Julián siguió, inmutable, más bien mirando para el lado de Carmen que respondiéndole a Luis: ...a su vez, existen miles de imponderables, hechos fortuitos, el azar... Cuando nosotros nos conocimos, mejor dicho, cuando empezamos a salir, yo creo que fue el Destino, interrumpió ahora Carmen, que había seguido el anterior peloteo bamboleando la cabeza de un lado al otro, y que ahora se dirigía a Luis. ¿Te acordás? Hace dieciocho meses, en esa fiesta en lo de Rolo... Claro que me acuerdo, replicó él, un tanto fastidiado, mientras recibía la tacita y la masita seca de manos del mozo, pero ¿Destino? ¡Ja! Por empezar, fue tu primo, Dalmiro, que Rolo le avisó que festejaban el aniversario y decidió invitarte a vos. Libre albedrío. En segundo lugar, fui yo que acepté la invitación de Rolo y Helena, nuevamente una decisión. Y en tercer lugar... bueno, esto no se si sabías, pero yo le pedí acá a Julián, que nos haga un poco de, en fin, gancho. ¿Qué? ella estaba sorprendida, los miraba a ambos con su hermosa boca un tanto entreabierta. ¿Qué pasa? dijo Luis, no tiene nada de malo. No le pedí que mintiera ni que hiciera nada extraño, sólo fue y te habló un poco de mi... el argumento pareció diluírse y ceder a su propia insubstancialidad, y Luis se quedó callado. Meticulosamente se dedicó a azucarar y empezar su café. Julián, incómodo, miraba nuevamente para afuera. Ella, sin saber por qué pero sintiéndose dolida, incluso un poco estafada, miraba cejijunta alternativamente a uno y a otro. Al final, estalló: ¡no puedo creer que nunca me hayas contado ésto!. Luis cometió el primer error de una cadena que desenlazaría pocos días después en su separación, bueno, al fin y al cabo, que tanto espamento, es una boludez... ¿Una boludez? ¿Una boludeeez? Algunos, desde las otras mesas, cogotearon para ver la fuente del estridente crescendo, ¿cómo vas a decir que el punto inicial de nuestra relación es una boludez? Luis, que venía de un largo y agotador día de trabajo, no pudo reprimir un revoleo de ojos y un leve aunque notorio rictus de hastío, dando así la segunda puntada a la mortaja de esa relación. Antes de que Carmen llegara a inflar sus pulmones para la siguiente estridencia, Julíán, viendo su oportunidad de escabullirse, se paró y dijo, Bueno, me tengo que ir, se me hace tarde. Luis y Carmen lo saludaron ausentes, concentrados ya en la riña venidera. Julián tiró unos pesos sobre la mesa y huyó hacia la puerta. Cuando salió, una ojeada a través del ventanal le permitió confirmar, por la manera enérgica de enarbolar el dedo de Carmen y su rápido movimiento de labios, y por la manera agobiada de Luis de desparramarse sobre la silla, que todo iba viento en popa. Es que las personas peligrosas de éste mundo se dividen en boludos e hijos de putas; al menos el boludo es disculpable porque no le pone mala intención. Julián, que por supuesto pertenecía a la segunda categoría, caminaba con las manos en los bolsillos, su labios incipientemente curvándose en una sonrisa un tanto siniestra, recordando la minuciosa espera, la artera llamada y la sutil manipulación que él sabía que se encaminaba rauda hacia el resultado buscado. ¿Destino? ¿Libre albedrío? ¡Ja, ja, ja! La risa estalló dentro de su cabeza. Dentro del bar, en la mesa cerca del ventanal, la hogera del infortunio ardía desbocada, esa hoguera que tan bien conocemos, cuyo combustible es la boludez y su detonante, la chispa de los hijos de puta.
26 de noviembre de 2008
Génesis
- Hágase la luz.
La voz me llegó distante, rasposa, envuelta en tules plagados de espinas, o quizás soy yo que he devenido en fakir, aunque los fakires se acostaban en camas con clavos, que yo sepa no hacen gárgaras de ácido ni se taladran el cerebro con tornillos de diez pulgadas ni les tiembla todo el aparato digestivo como si estuviera a punto de desgarrarse definitivamente, ésta vez.
Abrí los ojos y ahi lo vi, me miraba desde el umbral de la casona en San Telmo, yo estaba sentado contra un árbol. Un tenue aroma a basura matizaba el silencio de la madrugada porteña, madrugada del que labura no del que sale de parranda, cuando el sol aún no muestra su cara pero se insinúa en esa luminosidad celeste que tiñe el aire mismo.
- ¿Y, te gusta?
Enderecé el torso, quise mover las piernas pero el hipotético alambre de púas que las envuelve aún no se ha disuelto del todo, intenté enfocar la vista:
- Si me gusta que cosa.
Las conversaciones con linyeras en los portales de San Telmo durante las madrugadas no suelen ser de lo más brillantes, por lo general el intercambio de información se produce con los puños o con onomatopeyas, esta no parece apartarse mucho de los cánones establecidos, al menos en estas primeras frases. No puedo olvidar la primera que me dijo, sin embargo.
- El mundo, el Universo que te acabo de crear.
Me imagino el aspecto de mis ojos, enrojecidos, irritados, e intentando mostrar interrogación y extrañeza. El tácito requerimiento de mayor información se ve que fue bien entendido, me dice:
- ¿Sabés quien soy yo? ¿Sabés quien sos vos?
Intuí, tras los vapores alcohólicos que se iban disipando, que la pregunta venía con trampa. Intenté esbozar una perorata sobre la inconsistencia del ser; alguna vez escribí algo sobre eso, pero que ahora se resistía a fluir de mis labios. Cortó mis balbuceos en seco.
- No te hablo de metafísica, te lo digo en el liso y llano sentido que tiene esa expresión. Y para sacarte de esa agonía, te lo digo sin mas dilaciones: Yo soy Dios, y vos sos Adán, el primer hombre.
Lo miré, no tan confundido por lo que me acababa de decir como por lo florido de su lenguaje. Intenté conciliar la imagen, mejillas rasposas y rojizas, ojos acuosos por el exceso de alcohol, unas prendas que son el equivalente vestible de una villa miseria. Me paralizó por un momento la duda: ¿vale la pena continuar la conversación? Intenté ponerme en pie, pero mi cuerpo y yo tenemos disímiles pareceres. Resignado,
- Pero ...
- Pero que. Si te digo que soy Dios, soy Dios. Todos los argumentos que vas a intentar exponerme, yo los conozco, porque fueron creados por mi, al igual que vos, que te saqué del barro...
- Eso si te lo creo - le digo, echando una mirada a mi propio aspecto. Continúa inmutable, aunque un leve destello indefinido (¿cólera? ¿impaciencia?) se pinta en sus ojos. Con una pausa despectiva, sigue:
- ... que te saqué del barro, que te puse dentro un alma, que te ajusté en tu lugar como un engranaje, minúsculo por cierto pero no por ello menos necesario en el gran esquema de las cosas.
Toma aire, levemente agitado. La voz, aguardentosa, se demora en las palabras como si las paladeara, las deja caer lenta, morosamente. También puede que estuviera igual de pasado de etílico que yo. Su aspecto, recostado inmóvil, sus largos y desgreñados cabellos otrora blancos y ahora de un gris sucio que escapan por debajo de un gorro hecho mitad de lana, mitad de mugre, nada en él contradice la segunda proposición.
- Fueron creados por mi, igual que tus recuerdos, tus prejuicios, tus ideas, yo te acabo de dar la vida, mi soplo divino aún rueda por ésta calle, te he dado no sólo una vida, si no un entorno, te he dado un mundo, otros seres humanos, una historia bastante plausible, te di dinosaurios, ciencia, eras geológicas, te di mujeres, te di incluso el recuerdo de mujeres que sentís en primera persona para que sepas lo que te espera, te di ese escepticismo que creés tener.
- Maestro, le agradezco, pero se me parte el mate y yo...
- ¿No notás? ¿No sentís la fragancia de éste mundo recién creado?
Lentamente pasea la mirada calle arriba, y no me queda más que contemplar también. Fragancia, lo que se dice fragancia, sólo puedo oler a basura, a smog, mi propio sudor, un tenue y rancio aroma a vómito que puede ser mío o de Dios, las dos cosas son posibles, aún tengo náuseas y soy un tibio.
Por una de esas cosas de la vida, la calle que miro está vacía, ni un auto, ni un colectivo pasa, las luces de mercurio aún brillan, innecesarias ya, en la esquina el semáforo en amarillo intermitente rompe la ilusión de estar mirando una estática acuarela.
Pasan algunos minutos, que el día aprovecha para clarear un poco más, y que yo desperdicio recordando los puntos claves del Génesis del antiguo testamento. La creación, la mujer, la caída, la expulsión del paraíso. Me digo a mi mismo que es sólo curiosidad y le pregunto,
- ¿Dónde está mi Eva entonces? Quiero ser feliz junto a ella.
Me mira largamente.
- Eso que acabas de preguntar es, justamente, el pecado original que temías cometer. Fatuo, engreído, ¿que te hace creer que yo, habiendo creado algo como "la felicidad", te hubiera dejado fuera? Yo no soy un Dios que de felicidad. La felicidad como yo la entiendo, es estar vivo y saber que vas a morir, saber que no hay nada después, sufrir por lo que hiciste, pero también por lo que no pudiste hacer. Sufrir porque tenés y sabés que luego no tendrás. Estar solo. Estar acompañado. Lo eternamente efímero. Todo eso es felicidad, y todo eso ya lo tenés, como lo tienen todos. Una pena que no lo sepan aprovechar. Ese no es el objetivo de la vida. No es la dualidad entre felicidad y sufrimiento el imán que guía la evolución del hombre, el progreso del alma. La verdadera disyuntiva es entre Caos y Orden, y yo soy todo lo contrario al Caos. ¿Cómo hice si no, para sacar un Universo de la galera, del huevo cósmico, cómo romper la paradoja de la entropía del Big-Bang? No importan los detalles, crear "algo" de la "nada" es una cualidad únicamente mía.
Resoplaba, agotado por el derrame de furia divina.
- El pecado original, es ser humano entonces. - le dije, por hacerme el ingenioso y decir algo.
- Y su peor castigo, ser consciente de ello. No hace falta esperar a morirse para conocer el infierno, el infierno es ese instante fatal, que dura más que una promesa de eternidad entre las llamas.
Un entrechocar de botellas y latas me anunció que se estaba poniendo de pié. Por segunda vez, intenté levantarme, esta vez con mejores resultados. Nos miramos aún un instante más.
- ¿Dónde para el 29? - me preguntó.
Le señalé un poste, a mitad de cuadra.
- Ya sabía, pero quería saber si estabas atento. Ahora me voy, tengo que ir a mirar como fracasa mi creación.
El se fue y yo me quedé parado un rato, solo, eternamente solo, de nuevo solo, más solo ahora que nunca. A media cuadra de tu casa, donde anoche se terminó todo, donde me confesaste lo que yo ya sabía, donde te mentí y te dije que yo tampoco te quería más, en la vereda del bar que me vio emborracharme a consciencia, o inconscientemente, en éste caso es lo mismo.
Luego me di vuelta y me fui caminando despacio, pateando basuritas en la vereda, y me sentí verdaderamente expulsado del Paraíso. A mis espaldas, no era un ángel con una espada de fuego, pero el efecto era el mismo, era el sol sobre el río, y proyectaba mi sombra delante mío.
La voz me llegó distante, rasposa, envuelta en tules plagados de espinas, o quizás soy yo que he devenido en fakir, aunque los fakires se acostaban en camas con clavos, que yo sepa no hacen gárgaras de ácido ni se taladran el cerebro con tornillos de diez pulgadas ni les tiembla todo el aparato digestivo como si estuviera a punto de desgarrarse definitivamente, ésta vez.
Abrí los ojos y ahi lo vi, me miraba desde el umbral de la casona en San Telmo, yo estaba sentado contra un árbol. Un tenue aroma a basura matizaba el silencio de la madrugada porteña, madrugada del que labura no del que sale de parranda, cuando el sol aún no muestra su cara pero se insinúa en esa luminosidad celeste que tiñe el aire mismo.
- ¿Y, te gusta?
Enderecé el torso, quise mover las piernas pero el hipotético alambre de púas que las envuelve aún no se ha disuelto del todo, intenté enfocar la vista:
- Si me gusta que cosa.
Las conversaciones con linyeras en los portales de San Telmo durante las madrugadas no suelen ser de lo más brillantes, por lo general el intercambio de información se produce con los puños o con onomatopeyas, esta no parece apartarse mucho de los cánones establecidos, al menos en estas primeras frases. No puedo olvidar la primera que me dijo, sin embargo.
- El mundo, el Universo que te acabo de crear.
Me imagino el aspecto de mis ojos, enrojecidos, irritados, e intentando mostrar interrogación y extrañeza. El tácito requerimiento de mayor información se ve que fue bien entendido, me dice:
- ¿Sabés quien soy yo? ¿Sabés quien sos vos?
Intuí, tras los vapores alcohólicos que se iban disipando, que la pregunta venía con trampa. Intenté esbozar una perorata sobre la inconsistencia del ser; alguna vez escribí algo sobre eso, pero que ahora se resistía a fluir de mis labios. Cortó mis balbuceos en seco.
- No te hablo de metafísica, te lo digo en el liso y llano sentido que tiene esa expresión. Y para sacarte de esa agonía, te lo digo sin mas dilaciones: Yo soy Dios, y vos sos Adán, el primer hombre.
Lo miré, no tan confundido por lo que me acababa de decir como por lo florido de su lenguaje. Intenté conciliar la imagen, mejillas rasposas y rojizas, ojos acuosos por el exceso de alcohol, unas prendas que son el equivalente vestible de una villa miseria. Me paralizó por un momento la duda: ¿vale la pena continuar la conversación? Intenté ponerme en pie, pero mi cuerpo y yo tenemos disímiles pareceres. Resignado,
- Pero ...
- Pero que. Si te digo que soy Dios, soy Dios. Todos los argumentos que vas a intentar exponerme, yo los conozco, porque fueron creados por mi, al igual que vos, que te saqué del barro...
- Eso si te lo creo - le digo, echando una mirada a mi propio aspecto. Continúa inmutable, aunque un leve destello indefinido (¿cólera? ¿impaciencia?) se pinta en sus ojos. Con una pausa despectiva, sigue:
- ... que te saqué del barro, que te puse dentro un alma, que te ajusté en tu lugar como un engranaje, minúsculo por cierto pero no por ello menos necesario en el gran esquema de las cosas.
Toma aire, levemente agitado. La voz, aguardentosa, se demora en las palabras como si las paladeara, las deja caer lenta, morosamente. También puede que estuviera igual de pasado de etílico que yo. Su aspecto, recostado inmóvil, sus largos y desgreñados cabellos otrora blancos y ahora de un gris sucio que escapan por debajo de un gorro hecho mitad de lana, mitad de mugre, nada en él contradice la segunda proposición.
- Fueron creados por mi, igual que tus recuerdos, tus prejuicios, tus ideas, yo te acabo de dar la vida, mi soplo divino aún rueda por ésta calle, te he dado no sólo una vida, si no un entorno, te he dado un mundo, otros seres humanos, una historia bastante plausible, te di dinosaurios, ciencia, eras geológicas, te di mujeres, te di incluso el recuerdo de mujeres que sentís en primera persona para que sepas lo que te espera, te di ese escepticismo que creés tener.
- Maestro, le agradezco, pero se me parte el mate y yo...
- ¿No notás? ¿No sentís la fragancia de éste mundo recién creado?
Lentamente pasea la mirada calle arriba, y no me queda más que contemplar también. Fragancia, lo que se dice fragancia, sólo puedo oler a basura, a smog, mi propio sudor, un tenue y rancio aroma a vómito que puede ser mío o de Dios, las dos cosas son posibles, aún tengo náuseas y soy un tibio.
Por una de esas cosas de la vida, la calle que miro está vacía, ni un auto, ni un colectivo pasa, las luces de mercurio aún brillan, innecesarias ya, en la esquina el semáforo en amarillo intermitente rompe la ilusión de estar mirando una estática acuarela.
Pasan algunos minutos, que el día aprovecha para clarear un poco más, y que yo desperdicio recordando los puntos claves del Génesis del antiguo testamento. La creación, la mujer, la caída, la expulsión del paraíso. Me digo a mi mismo que es sólo curiosidad y le pregunto,
- ¿Dónde está mi Eva entonces? Quiero ser feliz junto a ella.
Me mira largamente.
- Eso que acabas de preguntar es, justamente, el pecado original que temías cometer. Fatuo, engreído, ¿que te hace creer que yo, habiendo creado algo como "la felicidad", te hubiera dejado fuera? Yo no soy un Dios que de felicidad. La felicidad como yo la entiendo, es estar vivo y saber que vas a morir, saber que no hay nada después, sufrir por lo que hiciste, pero también por lo que no pudiste hacer. Sufrir porque tenés y sabés que luego no tendrás. Estar solo. Estar acompañado. Lo eternamente efímero. Todo eso es felicidad, y todo eso ya lo tenés, como lo tienen todos. Una pena que no lo sepan aprovechar. Ese no es el objetivo de la vida. No es la dualidad entre felicidad y sufrimiento el imán que guía la evolución del hombre, el progreso del alma. La verdadera disyuntiva es entre Caos y Orden, y yo soy todo lo contrario al Caos. ¿Cómo hice si no, para sacar un Universo de la galera, del huevo cósmico, cómo romper la paradoja de la entropía del Big-Bang? No importan los detalles, crear "algo" de la "nada" es una cualidad únicamente mía.
Resoplaba, agotado por el derrame de furia divina.
- El pecado original, es ser humano entonces. - le dije, por hacerme el ingenioso y decir algo.
- Y su peor castigo, ser consciente de ello. No hace falta esperar a morirse para conocer el infierno, el infierno es ese instante fatal, que dura más que una promesa de eternidad entre las llamas.
Un entrechocar de botellas y latas me anunció que se estaba poniendo de pié. Por segunda vez, intenté levantarme, esta vez con mejores resultados. Nos miramos aún un instante más.
- ¿Dónde para el 29? - me preguntó.
Le señalé un poste, a mitad de cuadra.
- Ya sabía, pero quería saber si estabas atento. Ahora me voy, tengo que ir a mirar como fracasa mi creación.
El se fue y yo me quedé parado un rato, solo, eternamente solo, de nuevo solo, más solo ahora que nunca. A media cuadra de tu casa, donde anoche se terminó todo, donde me confesaste lo que yo ya sabía, donde te mentí y te dije que yo tampoco te quería más, en la vereda del bar que me vio emborracharme a consciencia, o inconscientemente, en éste caso es lo mismo.
Luego me di vuelta y me fui caminando despacio, pateando basuritas en la vereda, y me sentí verdaderamente expulsado del Paraíso. A mis espaldas, no era un ángel con una espada de fuego, pero el efecto era el mismo, era el sol sobre el río, y proyectaba mi sombra delante mío.
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